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1/8/2010
 
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La calculadora en Primaria: prevenciones y reticencias
FERNANDO GARCÍA FRESNEDA
Una vez olvidada, por pérdida de actualidad, la polémica referida al momento de su inicio, vivimos inmersos de pleno en la vorágine del siglo XXI. Un siglo en el que, a buen seguro, se cumplirán, más o menos modificadas, muchas de las profecías que surcaban la literatura de la centuria anterior. Orwell, Verne, Clarke, Huxley y Card acabarán por tener razón.

Un siglo en el que la tecnología, no ya nueva sino novísima y permanentemente mutante, nos rodea y nos acompaña en todos nuestros actos y gestos. Internet, el silicio, los satélites de comunicación, los identificadores personales de localización, la capacidad de intervención humana en los procesos de la vida y la globalización son, entre otras muchas, realidades de nuestra cotidianidad que escaparían a la cuerda comprensión de nuestros abuelos.

¿Cómo hablar, pues, de prevenciones y reticencias en relación con las calculadoras dentro de un mundo como el esbozado? Sencillamente, porque las hay.

Si consultamos el diccionario de la Real Academia, encontramos que prevención (entre otros significados) es el concepto, por lo común desfavorable, que se tiene de algo o de alguien. Y yo me atrevería a añadir, incapaz de sustraerme al influjo de la partícula "pre", que esta opinión negativa es generalmente apriorística y, por lo tanto, no fundamentada.

Y, si seguimos consultando las páginas del diccionario, tropezaremos más adelante con el término reticencia, que significa reserva y desconfianza.

Y conociendo con exactitud el significado de ambas palabras, resulta evidente que hay una parte considerable del profesorado de Educación Primaria que, cuando se habla de la calculadora como un material didáctico a incorporar a sus aulas, la mira con desconfianza y la acoge con una reserva que sólo se puede deber a la existencia de unos juicios de valor previos y gratuitos basados en el desconocimiento de la propia máquina y de sus posibilidades.

Díganme, si no, cuál es el significado último de estas afirmaciones que, a continuación, expongo y que todos hemos escuchado más de una vez.

"Los niños que aprenden a calcular con máquinas luego no saben hacerlo sin ellas. ¿Qué pasa cuando se acaban las pilas o se estropea la calculadora?"

"No se deben usar, porque acaban sabiendo menos Matemáticas."

"No estoy de acuerdo con el uso de la calculadora hasta que no se demuestre que, utilizándolas, los alumnos aprenden más matemáticas."

"Me parece bien que se use la calculadora en secundaria, pero en el período en el que los alumnos están aprendiendo las habilidades básicas, no. Ya que estos deben hacerlo por sus propios medios."

"Las calculadoras no se deben usar en clase porque los alumnos no saben qué hacer luego sin ellas. Les pides que calculen 56 x 10 y lo primero que hacen es encender la calculadora."

Todas estas afirmaciones evidencian una mala opinión acerca de las calculadoras, pero no parecen demasiado fundamentadas, ya que preguntarse acerca de lo que ocurrirá cuando se acaben las pilas o se estropee la calculadora, viene a ser como decir que los alumnos que aprenden la tabla de multiplicar cantando, multiplican durante toda su vida canturreando por lo bajo y que, desde luego, el día que están afónicos no saben multiplicar.

Esta afirmación podría estar justificada si alguien dijese que los niños y niñas no deben aprender a multiplicar ya que, para eso, están las calculadoras. Pero, aquí lo que se quiere defender es el papel de la calculadora como un material didáctico que colabore en el proceso de enseñanza y aprendizaje de las Matemáticas, no sólo del cálculo.

Decir que "se acaba sabiendo menos Matemáticas" es, cuando menos, una afirmación gratuita. ¿Por qué? ¿Podemos afirmar que usando ábacos o regletas de Cuisnaire se aprenden menos Matemáticas?

Por otra parte, y aun cuando es menos atrevida que la afirmación anterior, atrincherarse tras la petición de que se demuestre que con las calculadoras se aprenden más Matemáticas, supone negar la práctica diaria de miles de maestros y maestras que se pasan muchas horas de clase y muchas de las horas pertenecientes a su vida privada buscando, investigando e ideando actividades y modos de trabajo que faciliten el aprendizaje de sus alumnos y alumnas, sin esperar a más validación que la propia puesta en práctica.

Y, de cualquier manera, no se trata de que aprendan más Matemáticas. Sólo las mismas.

Una de las afirmaciones que más se escucha es la de que los alumnos y alumnas "deben aprender a calcular por sus propios medios". Y yo me pregunto: ¿Cuáles son sus propios medios? ¿El ábaco? ¿Las regletas? ¿Los cubos encajables? ¿El lápiz y el papel?

Nada de eso puede ser considerado como integrante de los propios medios de un niño o de una niña, puesto que son objetos materiales externos a él (o ella).

¿Qué nos queda, pues, que podamos incluir bajo ese epígrafe?

Su propio cerebro y sus dedos. ¡Y los dedos no les dejamos que los usen para calcular!

Naturalmente que el cálculo mental es importantísimo y habrá que dedicarle mucho tiempo, pero el cálculo mental se fundamenta en las propiedades numéricas y en la observación de los regularidades que en ellas se produce. Y todos los materiales didácticos anteriormente citados lo que hacen es aportar al niño un gran montón de experiencias, de situaciones y de formas de acercarse a esas pautas numéricas cuyo conocimiento facilitará el aprendizaje del cálculo y, en general de las Matemáticas. Pues, bien, en ese conjunto de materiales didácticos que ayudan a que los niños y niñas se coloquen en posición de aprender, ¡también debe incluirse, como uno más, la calculadora!

No parece, por consiguiente, que las anteriores afirmaciones de rechazo pasen de ser meras prevenciones y reticencias que no se aguantan en pie durante mucho tiempo y que, tal vez, esconden una aseveración subyacente que rara vez aflora a la superficie como es:

"Sinceramente, lo que sucede es que desconozco su funcionamiento y me asusta un poco emplearla en clase."

Esta sinceridad honra a quien la manifiesta y da el primer paso en orden a resolver el problema. Hay muchas formas de aprender a usar una calculadora: cursos, actividades, artículos.

¿Podríamos aprovechar este rincón de Profes.net para hacerlo? ¡Por mi parte estaré encantado de intentarlo y abierto a cualquier tipo de consulta por parte de quien lo considere oportuno!

Habiendo llegado a lo que considero un punto de encuentro y entendimiento, no quiero terminar sin hacer mención a un sector de la comunidad educativa que también puede presentar reticencias al hecho de que sus retoños utilicen la calculadora en clase: los padres y madres.

Puedo asegurar que cuando a los padres y madres se les explica el tipo de uso que se le da a la calculadora en las aulas de Primaria, dentro del marco de actividades que se realizan con los diversos materiales didácticos, cuando se les pone una calculadora en la mano y se les pide que realicen alguna actividad (como las que aparecen a continuación), la oposición se diluye como un terrón en un vaso de agua, porque, como casi todas las prevenciones y reticencias, también ésta se basaba en el desconocimiento y en los prejuicios gratuitos.

Tres tristres tresesSe rompió la tecla
Haz estas multiplicaciones
3 x 3
33 x 33
333 x 333
3333 x 3333

Guarda la calculadora. ¿Cuál será el resultado de
333333 x 333333
La calculadora se ha caído y se ha estropeado la tecla de multiplicar.

Sin usar la tecla de multiplicar calcula el resultado de
22 x 17



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