1/8/2010
 
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La dramatización de cuentos
FERNANDO CARRATALÁ

Puesta en escena del guión resultante de la dramatización de un texto narrativo

Un texto narrativo puede transformarse en un texto totalmente dramatizado y adquirir, por tanto, las mismas características que cualquier texto específicamente dramático. Siguiendo a Juan Cervera <1>, exponemos a continuación, de modo sucinto, los pasos necesarios para llegar a la dramatización completa de un texto narrativo.

Primera fase: estudio previo del texto narrativo
En esta fase se procurará descubrir qué personajes ofrecen mayores dificultades para la puesta en escena; cuáles son los hechos más reiterativos en torno a los cuales se focaliza la atención; qué elementos pueden resultar inaprehensibles con vistas a la representación dramática; etc., etc.
Segunda fase: condensación del texto narrativo
En esta fase se procederá a redactar de nuevo el cuento, dejándolo reducido a una apretada síntesis en la que la progresión temática deberá quedar suficientemente garantizada. Y para elaborar esta síntesis será necesario prescindir de las informaciones accesorias, concentrando la atención solo en aquello que resulte realmente relevante; reducir el número de personajes, en especial si son abundantes en la narración; limitar el número de espacios en que se enmarca la acción principal; prescindir de los elementos inaprehensible dramáticamente cuando no sean necesarios, o poniendo estos en boca de los personajes en el caso de que convenga mantenerlos; etc.
Tercera fase: formación de partes
A partir del texto condensado, se determinarán con exactitud las partes fundamentales de la acción dramática: presentación, nudo y desenlace. De la buena estructuración de estas tres partes depende, en buena medida, la recomposición del texto narrativo por parte del espectador que contemple la representación, pues en el texto dramático se han suprimido los nexos lógicos que en el texto narrativo garantizan la continuidad de la acción.
Cuarta fase: escenificación
Estas tres partes -presentación, nudo y desenlace- se dividirán, a su vez, en fragmentos más cortos -llamados escenas-, cada uno de los cuales expresará diferentes situaciones, y servirá para garantizar el movimiento escénico que el desarrollo de la acción exige. Los nexos entre escena y escena resultan irrelevantes, pues la propia lógica del desarrollo de la acción es suficiente para conferir a la misma la necesaria sensación de continuidad. Por otra parte, la funcionalidad del diálogo dramático, además de hacer progresar la acción, requiere un soporte escenográfico y la presencia de múltiples efectos expresivos, tales como los juegos de luces, la ambientación musical, etc., etc. Estos aspectos han de ser tenidos en cuenta de manera especialmente relevante si, suprimida la figura del narrador -su presencia implica un texto semiescenificado-, se efectúa una escenificación total del texto narrativo.
Cuento de Óscar Wilde "El Príncipe Feliz"
Resumen e interpretación del cuento "El Príncipe Feliz"
Dramatización libre del cuento de Óscar Wilde "El Príncipe Feliz"
Ficha de autor
Actividades

Cuento de Óscar Wilde "El Príncipe Feliz"

Reproducimos a continuación el cuento de Óscar Wilde titulado "El Príncipe Feliz", en traducción de Catalina Montes, efectuada sobre la edición de Oxford University Press, en su colección The World's Classics; tomado de Cuentos completos, obra publicada por Espasa Calpe (Madrid, 2000, décima edición), en la Colección Austral, núm. 60; págs. 29-40. La Introducción corre a cargo de Luis Enrique de Villena.

“El Príncipe Feliz”

Dominando la ciudad, sobre una alta columna, se alzaba la estatua del Príncipe Feliz. Estaba sobredorada con láminas delgadas de oro fino, por ojos tenía dos brillantes zafiros, y ardía un gran rubí en la empuñadura de su espada.

Verdaderamente era muy admirado.

- Es tan bello como una veleta -observó uno de los concejales, que quería adquirir fama de tener gustos artísticos-; sólo que no es tan útil -añadió, temiendo que la gente fuera a pensar que carecía de sentido práctico, lo que en realidad no era el caso.

- ¿Por qué no te pareces al Príncipe Feliz? -preguntó una madre sensata a un niño que lloraba porque quería la luna-. Al Príncipe Feliz nunca se le ocurriría llorar por nada.

- Me alegro de que haya alguien en el mundo que sea completamente feliz -murmuró un hombre desengañado, mientras contemplaba la maravillosa estatua.

- Parece un ángel -dijeron los niños del hospicio cuando salían de la catedral con sus capas de brillante color escarlata y sus limpios delantales blancos.

- ¿Cómo lo sabéis? -dijo el profesor de matemáticas-, nunca habéis visto a ninguno.

- Ah, pero lo hemos visto en sueños -replicaron los niños.

Y el profesor de matemáticas frunció el ceño y tomó un aspecto severo, pues no aprobaba que los niños soñaran.

Una noche, una pequeña golondrina pasó volando por encima de la ciudad. Sus amigas se habían ido a Egipto seis semanas antes, pero ella se había quedado rezagada, pues estaba enamorada del junco más hermoso. Le había conocido al comienzo de la primavera, cuando volaba río abajo persiguiendo a una gran polilla de color amarillo, y le había atraído tanto el talle esbelto del junco que se había detenido a hablarle.

- ¿Te parece bien que te ame? -dijo la golondrina, a quien le gustaba ir directamente al asunto.

Y el junco le hizo una profunda reverencia. Así que voló y voló a su alrededor, rozando el agua con las alas y haciendo ondulaciones de plata. Este fue su noviazgo y duró todo el verano.

- Es un cariño ridículo -gorjeaban las otras golondrinas-; no tiene dinero y tiene demasiados parientes.

Y en verdad, el río estaba completamente lleno de juncos. Luego, cuando llegó el otoño, todas se fueron volando.

Después de su marcha se sintió sola, y empezó a cansarse de su amado.

«No tiene conversación -se dijo-, y me temo que es casquivano, pues está
siempre coqueteando con la brisa.»

Y, ciertamente, siempre que soplaba la brisa, le hacía el junco las más graciosas reverencias.

«Tengo que admitir que es hogareño -seguía diciéndose la golondrina-, pero a mí me gusta viajar, y a mi marido, por consiguiente, también debería gustarle.»

- ¿Quieres venirte conmigo? -le dijo finalmente.

Pero el junco negó con la cabeza, pues estaba muy apegado a su hogar.

- Has estado jugando con mis sentimientos -gritó la golondrina-. Me voy a las Pirámides. ¡Adiós!

Y se marchó volando.

Voló durante todo el día, y cuando era de noche llegó a la ciudad.

«¿Dónde me albergaré? -se dijo-; espero que la ciudad haya hecho los preparativos.»

Entonces vio la estatua sobre su elevada columna.

- Me alojaré ahí -exclamó-; tiene una hermosa situación con abundante aire
fresco.

Así es que se posó justamente entre los pies del Príncipe Feliz.

- Tengo un dormitorio de oro -dijo bajito para sí, mirando en torno suyo, y se dispuso a dormir.

Pero precisamente cuando estaba metiendo la cabeza debajo del ala cayó sobre ella una gota de agua.

- ¡Qué cosa tan curiosa! -exclamó-, no hay una sola nube en el cielo, las estrellas están claras y brillantes, ¡y, sin embargo, está lloviendo! El clima del norte de Europa es realmente terrible.

Al junco solía gustarle la lluvia, pero era meramente por egoísmo.

Entonces cayó otra gota.

- Para qué sirve una estatua si no te puede resguardar de la lluvia? -dijo-. Tengo que buscar una buena chimenea.

Y decidió marcharse.

Pero antes de abrir las alas le cayó una tercera gota; miró hacia arriba y vio... Ah, ¿qué estaba viendo? Los ojos del Príncipe Feliz estaban llenos de lágrimas y las lágrimas rodaban por sus doradas mejillas. Su rostro era tan hermoso a la luz de la luna que la pequeña golondrina se llenó de compasión.

- ¿Quién eres?

- Soy el Príncipe Feliz.

- Entonces, ¿por qué estás llorando? -preguntó la golondrina-; me has dejado empapada.

- Cuando yo vivía y tenía un corazón humano -respondió la estatua-, no sabía lo que era el llanto, pues habitaba en el palacio de Sans-Souci, que es el palacio de la Despreocupación, donde al dolor no se le permite entrar. De día jugaba con mis compañeros en el jardín, y por la tarde dirigía la danza en el gran salón. Rodeando el jardín había un muro muy alto, pero nunca me cuidé de inquirir qué había más allá, tan hermoso era todo en torno mío. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz, y feliz era, en verdad, si el placer fuera la felicidad. Así viví y así me llegó la muerte. Y ahora que estoy muerto me han puesto aquí tan alto que puedo ver toda la fealdad y toda la miseria de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no puedo por menos de llorar.

«¡Cómo!, ¿no es de oro macizo?», se dijo la golondrina hablando para sí, pues era demasiado educada para hacer observaciones personales en voz alta.

- Allá lejos -continuó la estatua en tono bajo y musical-, allá lejos, en una callejuela hay una casa pobre. Una de las ventanas está abierta, y a través de ella puedo ver a una mujer sentada ante una mesa. Tiene la cara delgada y demacrada y las manos ásperas y enrojecidas, completamente picoteadas por la aguja, pues es costurera. Está bordando pasionarias en un vestido de raso para que la más bella de las damas de honor de la reina lo lleve en el próximo baile de la corte. En un lecho, en un rincón de la habitación, su niño yace enfermo. Tiene fiebre y está pidiendo naranjas; su madre no tiene nada que darle más que agua del río, así es que el pequeño está llorando. Golondrina, golondrina, pequeña golondrina, ¿no puedes llevarle el rubí de la empuñadura de mi espada? Mis pies están tan sujetos a este pedestal que no puedo moverme.

- Me esperan en Egipto -dijo la golondrina-. Mis amigas están volando Nilo arriba y Nilo abajo, y charlan con las grandes flores de loto. Pronto se irán a dormir a la tumba del gran rey. El rey mismo está allí en su sarcófago decorado con pinturas, envuelto en lino amarillo y embalsamado con especias. Lleva en torno a su cuello una cadena de jade verde pálido, y sus manos son como hojas marchitas.

- Golondrina, golondrina, pequeña golondrina -dijo el Príncipe-, ¿no quieres quedarte conmigo por una noche y ser mi mensajera? ¡El muchacho tiene tanta sed y la madre está tan triste!

- No creo que me gusten los muchachos -replicó la golondrina-. El verano pasado, cuando estaba sobre el río, había chicos maleducados, los hijos del molinero, que siempre me estaban tirando piedras. Nunca me dieron, por supuesto; nosotras las golondrinas volamos demasiado bien para que suceda eso y, además, yo desciendo de una familia famosa por su agilidad; pero, no obstante, era una muestra de falta de respeto.

Pero el Príncipe Feliz parecía tan triste que la pequeña golondrina sintió pena.

- Hace mucho frío aquí -dijo-, pero me quedaré contigo por una noche y seré tu mensajera.

- Gracias, pequeña golondrina -dijo el Príncipe.

Y así la golondrina arrancó el gran rubí de la espada del Príncipe y se fue
volando con él en el pico por encima de los tejados de la ciudad. Pasó junto a la torre de la catedral, donde estaban esculpidos los ángeles de blanco mármol. Pasó junto al palacio, y oyó la música del baile. Una bella muchacha salió al balcón con su amado.

- ¡Qué maravillosas son las estrellas! -le dijo él-, ¡y qué maravilloso es el poder
del amor!

- Espero que mi vestido esté a tiempo para el baile de gala -respondió ella-; he encargado que le borden pasionarias; pero ¡las bordadoras son tan perezosas!

Pasó sobre el río y vio las linternas suspendidas en los mástiles de los barcos. Pasó por encima de la judería, y vio a los judíos viejos haciendo tratos entre sí y pesando monedas en balanzas de cobre. Llegó por último a la casa pobre y miró hacia adentro: el muchacho se estaba agitando febrilmente en el lecho y la madre se había quedado dormida, de cansada que estaba.

Entró de un vuelo y dejó el gran rubí sobre la mesa, al lado del dedal de la mujer. Luego revoloteó suavemente alrededor del lecho, abanicando la frente del niño con sus alas.

- ¡Qué fresquito me siento! -dijo el muchacho-, debo de estar mejorando.

Y se sumió en un sueño delicioso.

Entonces la golondrina volvió volando junto al Príncipe Feliz y le contó lo que había hecho.

- Es extraño -observó-, pero ahora siento calor, a pesar de que hace tanto frío.

- Eso es porque has hecho una buena acción -dijo el Príncipe.

Y la golondrina se puso a pensar, y se quedó dormida. El pensar siempre le daba sueño.

Cuando rompió el día bajó volando al río y se bañó.

- ¡Qué fenómeno tan notable! -dijo el profesor de ornitología, que pasaba por el puente-. ¡Una golondrina en invierno!

Y escribió una larga carta al periódico local tratando de ello. Todo el mundo la citó, ¡tan plagada estaba de palabras que no podían entender!

«Esta noche me voy a Egipto», se dijo la golondrina.

Y se puso contenta sólo con pensarlo.

Visitó todos los monumentos públicos y estuvo posada un largo rato en lo más alto del campanario de la iglesia. Dondequiera que iba, los gorriones piaban y se decían unos a otros:
- ¡Qué forastera tan distinguida!

Así es que disfrutó muchísimo.

Cuando salió la luna, volvió volando hasta el Príncipe Feliz.

- ¿Tienes algún encargo para Egipto? -le preguntó-. Me marcho ahora mismo.
e más?

- Golondrina, golondrina, pequeña golondrina -dijo el Príncipe-, ¿no quieres
quedarte conmigo una noche más?

- Me esperan en Egipto -respondió la golondrina-. Mañana mis amigas
remontarán el río hasta la segunda catarata. El hipopótamo se acuesta allí entre las espadañas, y el dios Memnón está sentado en un gran trono de granito. Toda la noche observa las estrellas, y cuando brilla el lucero del alba, lanza un grito de alegría y luego vuelve a quedarse silencioso. A mediodía, los rubios leones bajan a beber al borde del agua; tienen los ojos como verdes berilos, y su rugido es más sonoro que el estrépito de la catarata.

- Golondrina, golondrina, pequeña golondrina -dijo el Príncipe-, allá lejos, al otro lado de la ciudad, veo a un joven en una buhardilla; está inclinado sobre una mesa cubierta de papeles, y en un vaso a su lado hay un ramillete de violetas marchitas. Tiene el cabello castaño y rizado, los labios rojos como una granada y grandes ojos soñadores. Está intentando terminar una obra para el director del teatro, pero tiene demasiado frío para seguir escribiendo. No hay fuego en los llares, y el hambre le ha debilitado.

- Me quedaré contigo una noche más -dijo la golondrina, que realmente tenía buen corazón-. ¿Tengo que llevarle otro rubí?

- ¡Ay! Ya no tengo rubíes -dijo el Príncipe-. Todo lo que me queda son los ojos. Son zafiros excepcionales, traídos de la India hace mil años. Arranca uno de ellos y llévaselo; se lo venderá al joyero, y comprará alimentos y leña, y terminará su obra.

- Querido Príncipe -dijo la golondrina-, no puedo hacer eso.

Y se echó a llorar.

- Golondrina, golondrina, pequeña golondrina -dijo el Príncipe-, haz lo que te ordeno.

Así es que la golondrina arrancó un ojo del Príncipe y se fue volando a la buhardilla del estudiante.

Fue muy fácil entrar, ya que había un boquete en el tejado. Se lanzó a través de él y entró en la habitación. El joven tenía la cabeza hundida entre las manos, así que no oyó el aleteo del pájaro, y cuando alzó la mirada encontró el hermoso zafiro sobre las violetas marchitas.

- Están empezando a estimarme -exclamó-; esto viene de algún ferviente admirador. Ya puedo terminar mi obra.

Y parecía muy feliz.

Al día siguiente, la golondrina bajó volando al puerto. Se posó sobre el mástil de un gran navío y estuvo observando cómo los marineros subían grandes cajones de la bodega tirando de cuerdas.

- ¡Ízalo! -gritaban cuando subía cada cajón.

- Me voy a Egipto -gritó la golondrina.

Pero nadie le prestaba atención, y cuando salió la luna volvió volando junto al Príncipe Feliz.

- He venido a decirte adiós -exclamó.

- Golondrina, golondrina, pequeña golondrina -dijo el Príncipe-, ¿no quieres
quedarte conmigo una noche más?

- Es invierno -respondió la golondrina-, y pronto estará aquí la fría nieve. En Egipto, el sol es tibio sobre las palmeras verdes, y los cocodrilos yacen en el cieno mirando perezosamente en torno suyo. Mis compañeras están haciendo el nido sobre el Templo de Baalbec, y las tórtolas blancas y rosadas las observan y se arrullan. Querido Príncipe, debo dejarte, pero nunca me olvidaré de ti, y la próxima primavera te traeré a mi regreso dos bellas joyas a cambio de las que tú has dado. El rubí será más rojo que una rosa roja, y el zafiro será tan azul como el vasto mar.

- Abajo, en la plaza -dijo el Príncipe Feliz- está una pequeña vendedora de cerillas. Se le han caído las cerillas al arroyo, y se han estropeado todas. Su padre le pegará si no lleva dinero a casa, y está llorando. Va descalza, sin medias ni zapatos, y lleva la cabecita descubierta. Arráncame el otro ojo y dáselo, y así su padre no le pegará.

- Me quedaré contigo una noche más -dijo la golondrina-, pero no puedo
arrancarte el ojo; te quedarías completamente ciego.

- Golondrina, golondrina, pequeña golondrina -dijo el Príncipe-, haz lo que te ordeno.

Así es que arrancó el otro ojo del Príncipe y se lanzó de un vuelo llevándoselo.

Descendió rauda ante la cerillera y le deslizó la joya en la palma de la mano.

- ¡Qué trocito de cristal tan hermoso! -exclamó la muchacha.

Y se fue a casa corriendo y riéndose.

Entonces volvió la golondrina con el Príncipe.

- Ahora estás ciego -dijo-, así que me quedaré contigo para siempre.

- No, pequeña golondrina -dijo el pobre Príncipe-; debes irte a Egipto.

- Me quedaré siempre contigo -dijo la golondrina.

Y se durmió a los pies del Príncipe.

Todo el día siguiente estuvo posada en el hombro del Príncipe contándole historias de lo que había visto en tierras extrañas. Le habló de los rojos ibis, que están en largas hileras a las orillas del Nilo y pescan peces de oro con el pico; de la Esfinge, que es tan vieja como el mundo mismo y habita en el desierto, y lo sabe todo; de los mercaderes, que caminan lentamente al lado de sus camellos, y llevan en las manos sartas de cuentas de ámbar; del rey de las Montañas de la Luna, que es tan negro como el ébano, y que adora a un enorme cristal; de la gran serpiente verde, que duerme en una palmera, y tiene veinte sacerdotes para alimentarla con pasteles de miel; de los pigmeos que navegan en un gran lago sobre grandes hojas planas, y están siempre en guerra con las mariposas.

- Querida golondrina -dijo el Príncipe-, me estás contando cosas maravillosas, pero más admirable que ninguna otra cosa es el sufrimiento de los seres humanos. No hay ningún misterio tan grande como la miseria. Vuela sobre la ciudad, pequeña golondrina, y cuéntame lo que veas en ella.

Así es que la golondrina voló sobre la ciudad, y vio a los ricos pasándoselo bien en sus casas hermosas, mientras que los mendigos estaban sentados a las puertas. Voló por callejuelas oscuras, y vio las caras pálidas de los niños hambrientos que miraban sin alegría alguna las calles negras. Bajo el arco de un puente dos niños estaban tumbados en brazos uno del otro intentando darse calor.

- ¡Qué hambre tenemos! -decían.

- ¡No podéis tumbaros aquí! -gritó el vigilante.

Y se fueron a vagar bajo la lluvia.

Entonces volvió volando la golondrina y contó al Príncipe lo que había visto.

- Estoy recubierto de oro fino -dijo el Príncipe-; debes arrancarlo hoja por hoja y dárselo a mis pobres; los que viven siempre creen que el oro puede hacerles felices.

Hoja por hoja, arrancó la golondrina el oro fino, hasta que el Príncipe Feliz se volvió mate y gris. Hoja tras hoja, llevó a los pobres el oro fino, y los rostros de los niños se volvieron más rosados, y reían y jugaban en la calle.

- ¡Ahora tenemos pan! -gritaban.

Luego llegó la nieve, y después de la nieve vino la helada. Las calles parecían de plata, de tan brillantes y relucientes que estaban; largos carámbanos semejantes a dagas de cristal pendían de los aleros de las casas. Todo el mundo iba cubierto de pieles, y los niños llevaban gorros escarlata y patinaban sobre el hielo.

La pobre golondrina tenía cada vez más frío, pero no quería abandonar al Príncipe, de tanto como le amaba. Picoteaba las migas de la puerta de la panadería cuando no estaba mirando el panadero, y trataba de entrar en calor batiendo las alas.

Pero al fin supo que iba a morir. Sólo le quedaban fuerzas para volar hasta el hombro del Príncipe una vez más.

- ¡Adiós, querido Príncipe! -musitó-, ¿me permite que te bese la mano?

- Me alegro de que te vayas a Egipto por fin, pequeña golondrina -dijo el Príncipe-; te has quedado aquí demasiado tiempo; pero debes besarme en los labios, pues te amo.

- No es a Egipto a donde voy -dijo la golondrina-. Me voy a la Casa de la Muerte. La muerte es la hermana del sueño, ¿no es así?

Y besó al Príncipe Feliz en los labios y cayó muerta a sus pies.

En ese momento sonó un extraño crujido en el interior de la estatua, como si algo se hubiera roto dentro. Y en verdad el corazón de plomo había estallado partiéndose en dos. Ciertamente era una helada terriblemente fuerte.

Al día siguiente, muy de mañana, paseaba el alcalde por la plaza acompañado de los concejales. Al pasar junto a la columna, alzó los ojos hacia la estatua.

- ¡Válgame Dios! ¡Qué aspecto tan descuidado tiene el Príncipe Feliz! -dijo.

- ¡Qué descuidado, efectivamente! -exclamaron los concejales, que siempre estaban de acuerdo con el alcalde.

Y subieron a mirarlo.

- Se le ha caído el rubí de la espada, le han desaparecido los ojos y ya no es de oro -dijo el alcalde-; ¡realmente, casi parece un mendigo!

- ¡Casi parece un mendigo! -dijeron los concejales.

- ¡Y hasta un pájaro muerto a sus pies! -continuó el alcalde-. Ciertamente
tenemos que promulgar un bando prohibiendo a los pájaros que mueran aquí.

Y el secretario del Ayuntamiento tomó nota de la propuesta.

Así es que derribaron la estatua del Príncipe Feliz.

- Como ya no es hermoso, ha dejado de ser útil -dijo el profesor de arte de la universidad.

Luego fundieron la estatua en un horno, y el alcalde celebró una sesión de la corporación municipal para decidir qué iba a hacerse con el metal.

- Debemos tener otra estatua, desde luego -dijo-, y ha de ser una estatua mía.

- ¡Mía! -dijeron los concejales.

Y empezaron a discutir. La última vez que tuve noticias de ellos, estaban
discutiendo todavía.

- ¡Qué cosa tan extraña! -dijo el capataz de la fundición-. Este corazón roto de plomo no se funde en el horno. Tenemos que tirarlo.

Así es que lo tiraron a un montón de basura donde estaba también la golondrina muerta.

- Tráeme las dos cosas más valiosas de la ciudad -dijo Dios a uno de sus ángeles.

Y el ángel le llevó el corazón de plomo y el pájaro muerto.

- Has elegido rectamente -dijo Dios-, pues en mi jardín del paraíso cantará eternamente este pajarillo y en mi ciudad de oro dirá mis alabanzas el Príncipe Feliz.


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Resumen e interpretación del cuento <2>
"El Príncipe Feliz es la bella estatua de un Príncipe adolescente, que se eleva sobre una ciudad inconcreta con toques de burgo medieval o de puerto inglés elisabetiano. El Príncipe, cuyos ojos son dos zafiros, y en el pomo de cuya espada brilla un hermoso rubí, fue, mientras vivió, feliz y ajeno al mundo, pero ahora desde el pedestal contempla por primera vez las miserias de la ciudad sobre la que reinó. Una golondrina -símbolo inicial de la inconstancia-, de viaje invernal a Egipto, hace noche en la estatua, y el Príncipe llorando le suplica que se quede con él una noche más (y luego otra) para ayudarle a remediar la mucha pobreza que ve. Arrancándole el rubí de la espada, los zafiros de los ojos, y las láminas de oro, finalmente, que recubren el cuerpo del Príncipe, la golondrina muere de frío, tras haber ayudado a una madre costurera cuyo hijo está enfermo, a un joven poeta que trabaja en condiciones de mendigo y a una niña cerillera, entre otros... Al final, los concejales de la ciudad pensarán en demoler una tan fea estatua.

Hay, pues, muy claramente, una toma de partido en la que la estética sirve y tiene una función social. La belleza del Príncipe y de la golondrina sirven para remediar el dolor, y las estéticas evocaciones que hace de Egipto el ave, más allá de dar color al relato, son un punto de contraste entre los dos polos del cuento: la vida feliz del Sur y la vida humilde y menesterosa del Norte, y cómo la primera debe ayudar a la segunda. El egoísmo, la belleza y la felicidad -grandes valores en la cosmovisión dandística de Wilde- son vistos ahora como cauces para solucionar la pobreza. Es así el cuento -y el libro del que forma parte- un verdadero canto esteticista (y voluntariamente naïf) a los humildes, y un triunfo de la piedad y de la compasión hacia una menesterosidad que se ve (estéticamente) como una mística. <...> El arte está así en los primeros cuentos pie Wilde al servicio de la moral -de una moral socio-individual, para ser más exacto-, lo que, evidentemente, los conecta con las teorías socializantes de uno de sus maestros estéticos, Ruskin. Si bien la estética está naturalmente presente, y esa estética de la ingenuidad será el mayor encanto de estos cuentos que exaltan la bondad, la caridad, la generosidad, el altruismo, con desprecio de los vicios opuestos."


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Dramatización libre del cuento de Óscar Wilde "El Príncipe feliz" <3>

Personajes
  • Niña

  • Golondrina

  • Príncipe

  • Escritor (sin palabra)

  • Niña con frío (sin palabra)

  • Costurera (sin palabra)
NIÑA. - ¿El Príncipe feliz? (El título)

NIÑA EN NARRADOR. - Hace miles de años, en un país muy lejano vivió un príncipe muy querido por todo su pueblo. Al morir el príncipe, el pueblo quiso perpetuar su memoria y erigió en su honor una estatua recubierta de oro y piedras preciosas.
Un día... una golondrina que emigraba a Egipto se posó en el pedestal de la estatua para descansar...

GOLONDRINA. -¡Oh! ¡Qué cosa tan grande! ¡Es una estatua! ¿Quién eres?

PRÍNCIPE. - Fui un príncipe feliz y dichoso. Pero ahora mi corazón sufre al contemplar la miseria de mi pueblo...

NIÑA EN NARRADOR. - El príncipe le pidió que se quedara una noche con él... y luego que le hiciera un favor. Desde su pedestal se veía una ventana continuamente iluminada: Un escritor pasaba las noches en vela, escribiendo sin éxito alguno... Ni siquiera tenía lo suficiente para comer...

PRÍNCIPE. - Tengo unos rubíes en los ojos. ¿Los ves, golondrina? Quiero que me los quites y se los lleves al escritor.

(La golondrina los toma, se los lleva volando y regresa).

NIÑA EN NARRADOR. - Cumplida su misión, la golondrina volvió al pedestal para despedirse del príncipe.

PRÍNCIPE. - ¡Golondrina! ¡Quédate una noche más! Todavía hay otras cosas que hacer.

NIÑA EN NARRADOR. - Y a la noche siguiente...

PRÍNCIPE. - ¡Golondrina! En aquella buhardilla vive una niña que pasa frío. Llévale mi corona de oro para que pueda comprarse ropa de abrigo...

(La golondrina va y vuelve).

NIÑA EN NARRADOR. - La golondrina comprendió la tristeza del príncipe y decidió quedarse con él para cumplir otros deseos suyos...

PRÍNCIPE. - Golondrina, arráncame esta lámina de oro y llévasela a aquella costurera que cose sin descanso... y tiene a su niña enferma en la cuna. Dásela para que pueda comprar medicinas...

(La golondrina va y vuelve cada vez más cansada).

NIÑA EN NARRADOR. - La golondrina ha volado mucho, mucho... Está muy cansada... Vuelve al pedestal y se dispone a descansar... Pero es un descanso que nunca acabará... La golondrina muere de frío...

(La niña cierra el libro pausadamente. Permanece reflexiva mientras se extingue la melodía triste y cae el telón).

Notas para la puesta en escena
  • La música puede subrayar toda la acción. Es preferible la música en vivo a la grabada. Se cubrirán así los vacíos y se mantendrá el ritmo lento y el tono nostálgico que requiere el texto.


  • Los personajes aludidos en el texto, así como el príncipe, pueden estar colocados en escena desde el principio en su posición correspondiente. Las luces se encargarán de destacar su presencia y alusión.


  • La golondrina realizará sus idas y venidas evolucionando al compás de la melodía. Se servirá para ello de unos pasos de baile clásico.


  • El contraste entre la situación de aburrimiento inicial y la preocupación posterior de la niña al contacto con la lectura debe marcarse adecuadamente. La música y las luces servirán con eficacia para ello.
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FICHA DE AUTOR

Óscar Wilde

(1854 - 1900)

Publica su primer libro de cuentos en 1888: The Happy Prince and other tales (El Príncipe Feliz y otros cuentos); conjunto de cinco cuentos -en realidad, son fábulas de prosa exquisita- dotados de un tono infantil-tradicional, y cuyo encanto reside en la ingenuidad y bondad que exaltan: "El Príncipe Feliz", "El ruiseñor y la rosa", "El gigante egoísta", "El amigo abnegado", y "El insigne cohete".

En 1891 aparece el segundo volumen de relatos, titulado Lord Arthur Savile's Crime and Other Stories (El crimen de lord Arthur Savile y otras historias); cuatro novelas breves en las que Wilde hace gala de su vena satírica y humorística, y que llevan por título "El crimen de lord Arthur Sevile", "La esfinge sin secreto", el famoso relato "El fantasma de Canterville", y "El millonario modelo". Y en el mismo año de 1891 publica Wilde su último libro de cuentos: A House of Pomegranates (Una casa de granadas), obra que recibe el influjo del simbolismo decadente francés, y que muestra un Wilde ajeno a los convencionalismos sociales, pero en posesión de una estética de insuperable belleza; e integrada por "El joven rey", "El cumpleaños de la infanta", "El pescador y su alma", y "El niño-estrella", sin duda lo mejor de la narrativa breve de Wilde. Todas estas pequeñas joyas literarias -calificadas por Wilde como "estudios en prosa"- están destinadas, en su conjunto, tanto a niños como a adultos.

La celebridad como comediógrafo la alcanzó Wilde con obras como El retrato de Dorian Gray (1890) y El abanico de lady Windermere (1892); y también abordó la poesía y el ensayo.

©Profes.net



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ACTIVIDADES

Dramatización de un texto narrativo

Siguiendo el proceso anteriormente descrito, y tomando como ejemplo la dramatización ya efectuada del cuento de Óscar Wilde "El Príncipe Feliz", dramatizar este otro cuento del mismo autor.

El gigante egoísta <4>

Todas las tardes al salir de la escuela tenían los niños la costumbre de ir a jugar al jardín del gigante.

Era un jardín grande y bello, con suave hierba verde. Acá y allá sobre la hierba brotaban hermosas flores semejantes a estrellas, y había doce melocotoneros que en primavera se cubrían de flores delicadas rosa y perla y en otoño daban sabroso fruto. Los pájaros se posaban en los árboles y cantaban tan melodiosamente que los niños dejaban de jugar para escucharles.

- ¡Qué felices somos aquí! -se gritaban unos a otros.

Un día regresó el gigante. Había ido a visitar a su amigo el ogro de Cornualles, y se había quedado con él durante siete años. Al cabo de los siete años había agotado todo lo que tenía que decir, pues su conversación era limitada, y decidió volver a su castillo. Al llegar vio a los niños que estaban jugando en el jardín.

- ¿Qué estáis haciendo aquí? -gritó con voz muy bronca.

Y los niños se escaparon corriendo.

- Mi jardín es mi jardín -dijo el gigante-; cualquiera puede entender eso, y no permitiré que nadie más que yo juegue en él.

Así que lo cercó con una alta tapia, y puso este letrero:



PROHIBIDA LA ENTRADA
BAJO PENA DE LEY

Era un gigante muy egoísta.

Los pobres niños no tenían ya dónde jugar. Intentaron jugar en la carretera, pero la carretera estaba muy polvorienta y llena de duros guijarros, y no les gustaba. Solían dar vueltas alrededor del alto muro cuando terminaban las clases y hablaban del bello jardín que había al otro lado.

- ¡Qué felices éramos allí! -se decían.

Luego llegó la primavera y todo el campo se llenó de florecillas y de pajarillos. Sólo en el jardín del gigante egoísta seguía siendo invierno. A los pájaros no les interesaba cantar en él, ya que no había niños, y los árboles se olvidaban de florecer. En una ocasión una hermosa flor levantó la cabeza por encima de la hierba, pero cuando vio el letrero sintió tanta pena por los niños que se volvió a deslizar en la tierra y se echó a dormir. Los únicos que se alegraron fueron la nieve y la escarcha.

- La primavera se ha olvidado de este jardín -exclamaron-, así que viviremos aquí todo el año.

La nieve cubrió la hierba con su gran manto blanco, y la escarcha pintó todos los árboles de plata. Luego invitaron al viento del Norte a vivir con ellas, y acudió. Iba envuelto en pieles, y bramaba todo el día por el jardín, y soplaba sobre las chimeneas hasta que las tiraba.

- Este es un lugar delicioso -dijo-. Tenemos que pedir al granizo que nos haga una visita.

Y llegó el granizo. Todos los días, durante tres horas, repiqueteaba sobre el tejado del castillo hasta que rompió casi toda la pizarra, y luego corría dando vueltas y más vueltas por el jardín tan deprisa como podía. Iba vestido de gris, y su aliento era como el hielo.

- No puedo comprender por qué la primavera se retrasa tanto en llegar -decía el gigante egoísta cuando sentado a la ventana contemplaba su frío jardín blanco-. Espero que cambie el tiempo.

Pero la primavera no llegaba nunca, ni el verano. El otoño dio frutos dorados a todos los jardines, pero al jardín del gigante no le dio ninguno.

- Es demasiado egoísta -decía.

Así es que siempre era invierno allí, y el viento del Norte y el granizo y la escarcha y la nieve danzaban entre los árboles.

Una mañana, cuando estaba el gigante en su lecho, despierto, oyó una hermosa música. Sonaba tan melodiosa a su oído que pensó que debían de ser los músicos del rey que pasaban. En realidad era sólo un pequeño pardillo que cantaba delante de su ventana, pero hacía tanto tiempo que no oía cantar a un pájaro en su jardín que le pareció la música más bella del mundo. Entonces el granizo dejó de danzar sobre su cabeza, y el viento del Norte dejó de bramar, y llegó hasta él un perfume delicioso a través de la ventana abierta.

- Creo que la primavera ha llegado por fin -dijo el gigante.

Y saltó del lecho y se asomó.

¿Y qué es lo que vio?

Vio un espectáculo maravilloso. Por una brecha de la tapia, los niños habían entrado arrastrándose, y estaban sentados en las ramas de los árboles. En cada árbol de los que podía ver había un niño pequeño. Y los árboles estaban tan contentos de tener otra vez a los niños, que se habían cubierto de flores y mecían las ramas suavemente sobre las cabezas infantiles. Los pájaros revoloteaban y gorjeaban de gozo, y las flores se asomaban entre la hierba verde y reían. Era una bella escena. Sólo en un rincón seguía siendo invierno. Era el rincón más apartado del jardín, y había en él un niño pequeño; era tan pequeño, que no podía llegar a las ramas del árbol, y daba vueltas a su alrededor, llorando amargamente. El pobre
árbol estaba todavía enteramente cubierto de escarcha y de nieve, y el viento del Norte soplaba y bramaba sobre su copa.

- Trepa, niño -decía el árbol-, e inclinaba las ramas lo más que podía.

Pero el niño era demasiado pequeño.

Y el corazón del gigante se enterneció mientras miraba.

- ¡Qué egoísta he sido! -se dijo-; ahora sé por qué la primavera no quería venir aquí. Subiré a ese pobre niño a la copa del árbol y luego derribaré la tapia, y mi jardín será el campo de recreo de los niños para siempre jamás.

Realmente sentía mucho lo que había hecho.

Así que bajó cautelosamente las escaleras y abrió la puerta principal muy suavemente y salió al jardín. Pero cuando los niños le vieron se asustaron tanto que se escaparon todos corriendo, y en el jardín volvió a ser invierno. Sólo el niño pequeño no corrió, pues tenía los ojos tan llenos de lágrimas que no vio llegar al gigante. Y el gigante se acercó a él silenciosamente por detrás y le cogió con suavidad en su mano y le subió al árbol. Y al punto el árbol rompió en flor, y vinieron los pájaros a cantar en él; y el niño extendió sus dos brazos y rodeó con ellos el cuello del gigante, y le besó.

Y cuando vieron los otros niños que el gigante ya no era malvado, volvieron corriendo, y con ellos llegó la primavera.

- El jardín es vuestro ahora, niños -dijo el gigante.

Y tomó un hacha grande y derribó la tapia.

Y cuando iba la gente al mercado a las doce encontró al gigante jugando con los niños en el más bello jardín que habían visto en su vida.

Jugaron todo el día, y al atardecer fueron a decir adiós al gigante.

- Pero ¿dónde está vuestro pequeño compañero -preguntó él-, el niño que subí al árbol?

Era al que más quería el gigante, porque le había besado.

- No sabemos -respondieron los niños-; se ha ido.

- Tenéis que decirle que no deje de venir mañana -dijo el gigante.

Pero los niños replicaron que no sabían dónde vivía, y que era la primera vez que le veían; y el gigante se puso muy triste.

Todas las tardes, cuando terminaban las clases, los niños iban a jugar con el gigante. Pero al pequeño a quien él amaba no se le volvió a ver. El gigante era muy cariñoso con todos los niños; sin embargo, echaba en falta a su primer amiguito, y a menudo hablaba de él.

- ¡Cómo me gustaría verle! - solía decir.

Pasaron los años, y el gigante se volvió muy viejo y muy débil. Ya no podía jugar, así que se sentaba en un enorme sillón y miraba jugar a los niños, y admiraba su jardín.

- Tengo muchas bellas flores -decía-, pero los niños son las flores más hermosas.

Una mañana de invierno miró por la ventana mientras se vestía. Ya no odiaba el invierno, pues sabía que era tan sólo la primavera dormida, y que las flores estaban descansando.

De pronto, se frotó los ojos, como si no pudiera creer v lo que veía, y miró, y miró. Ciertamente era un espectáculo maravilloso. En el rincón más lejano del jardín había un árbol completamente cubierto de flores blancas; sus ramas eran todas de oro, y de ellas colgaba fruta de plata, y al pie estaba el niño al que el gigante había amado.

Bajó corriendo las escaleras el gigante con gran alegría, y salió al jardín. Atravesó presurosamente la hierba y se acercó al niño. Y cuando estuvo muy cerca su rostro enrojeció de ira, y dijo:

- ¿Quién se ha atrevido a herirte?

Pues en las palmas de las manos del niño había señales de dos clavos, y las señales de dos clavos estaban asimismo en sus piececitos.

- ¿Quién se ha atrevido a herirte? -gritó el gigante-, dímelo y cogeré mi gran espada para matarle.

- ¡No! -respondió el niño-; estas son las heridas del amor.

- ¿Quién eres tú? -dijo el gigante, y le embargó un extraño temor, y se puso de rodillas ante el niño.

Y el niño sonrió al gigante y le dijo:

- Tú me dejaste una vez jugar en tu jardín; hoy vendrás conmigo a mi jardín, que es el paraíso.

Y cuando llegaron corriendo los niños aquella tarde, encontraron al gigante que yacía muerto bajo el árbol, completamente cubierto de flores blancas.


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NOTAS

<1> Con Juan Cervera tuve la suerte de compartir amistad y docencia (en cursos de formación y perfeccionamiento del profesorado); y de aprender didáctica y humanidad. Por desgracia, un fallo cardíaco nos ha privado de su magisterio, pues fallecía al poco tiempo de haber obtenido la primera cátedra universitaria de Literatura Infantil y Juvenil, con sede en Valencia. Nos queda, no obstante, el legado de una amplia bibliografía, desde la que sigue ejerciendo una indiscutible autoridad, y en la que maestros y profesores encontramos una inacabable fuente de sugerencias. Y como un pequeño tesoro guardo el libro que sirve de referencia para este artículo: Cómo practicar la dramatización con niños de 4 a 14 años (Madrid, Cincel-Kapelusz, 1981. Colección "Diálogos en educación", núm. 11). Juan Cervera me pidió que presentara en público este libro, en mayo de 1981, en Valencia. Así lo hice. Ahora, cumplidas más de dos décadas, me sigue emocionando la dedicatoria que me estampó en la página 5 -debajo de la impresa en el libro: "A mis alumnos y amigos"-, y que dice: "A Fernando Carratalá, colega en entusiasmos e inquietudes". Si reproduzco esta dedicatoria, es porque en ella se define a sí mismo -tal y como en realidad era- Juan Cervera: "inquietudes y entusiasmos". Todo un reto para cualquier docente.

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<2> De la Introducción de Cuentos completos, de Óscar Wilde. Madrid, editorial Espasa Calpe, 2000, págs. 17-18.

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<3> La dramatización del cuento es la efectuada por Juan Cervera, y publicada en la obra ya citada, págs. 178-180.

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<4> Cuento incluido en El Príncipe Feliz y otros cuentos; op, cit., págs. 49-54.
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